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Momentos de peligroFicha técnica.- Título: Momentos de peligro (No Highway in the Sky). Director: Henry Koster. Actores: James Stewart, Marlene Dietrich, Glynis Jhons, Jack Hawkins, Janette Scott. Guión: R.C. Sherriff, Oscar Millard y Alec Coppel (Novela: Nevil Shute). Música: Malcolm Arnold. Producción: 20th Century Fox. Gran Bretaña, 1951. Argumento.- Theodore Honey (James Stewart) es un ingeniero aeronáutico, viudo, que vive con su hija de 12 años a quien ha inculcado el gusto por la ciencia. Estudia la resistencia de las piezas de un nuevo modelo de avión y llega a la conclusión de que su cola (con dos alerones a cada lado) no resistirá las vibraciones acumuladas y se quebrará tras unas 1.400 horas de vuelo. Con el fin de corroborar su teoría en los restos de un avión de ese tipo accidentado durante la fase de pruebas se embarca en un vuelo transoceánico. Tras el despegue, descubre que vuela a bordo de un avión del citado modelo que, según sus cálculos, se acerca al riesgo de catástrofe. Consigue que se haga una escala poco antes de llegar al destino y aborta por la fuerza la continuación del viaje, lo cual se convierte en noticia de primera plana y pone en jaque a la industria aeronáutica británica. La reacción de sus diectivos es poner en duda la salud mental de Theodore. Durante el vuelo, su sinceridad, integridad y sencillez cautivan a dos mujeres: una azafata (Glynis Johns) y una actriz famosa (Marlene Dietrich). Ambas intentarán ayudarle ante los problemas que le va a acarrear su inesperada acción.
Comentario.- Siendo un ingeniero, Theodore es repetidamente citado como "hombre de ciencia" (aplicada en su caso) y se le asignan los tópicos manidos con que tantas veces el cine retrata a los científicos: despistado (no recuerda su casa después de 11 años viviendo en ella), no sabe si viene o va, anda cargado de papeles que luego desbordan su mesa, nunca encuentra las cosas y está obsesionado por su estudio sobre el avión. Ese cliché es repetido a lo largo de toda la película por boca de cuantos ven como gente rara tanto a él como a quienes se dedican a la ciencia. Por ejemplo: - Todo sabio tiene que estar un poco loco para ser sabio. La frontera entre ser genial y estar como una cabra es tan sutil que uno nunca sabe a qué atenerse. Se traspasa con tanta facilidad... Y más adelante: - Envíen esta vez a alguien que tenga la cabeza donde hay que tenerla. No manden sabios. - En mi opinión, Sir John, no hay que sacar de este contratiempo la conclusión de que todos los hombres de ciencia son unos locos. - ¿Ah, de qué departamento era el caballero que tomó un baño en una fuente pública y a renglón seguido concibió la brillante idea de pellizcar a las chicas del parque? Además, esa inadaptación social puede ser transmitida con la curiosidad científica, según confiesa a Theodore su propia hija: - Soy un hurón, ¿sabes? (...) Un hurón es una de esas personas que viven apartadas de las demás porque son diferentes. Quizás mi índice intelectual sea demasiado alto. En ese contexto cargado de prejuicios y simplificaciones, es de esperar la banalización de cualquier referencia al trabajo de Theodore: - Usted siempre ocupado con la tabla de multiplicar. Y cuando parece que no se cumple su predicción sobre la rotura de la cola del avión: - Seguro que habrá multiplicado los números que debiera haber dividido. Pero, ¿hay alguna cita matemática de más enjundía. Veamos: Aunque el trabajo de Theodore está centrado en la tecnología de materiales, por boca de la hija y de él mismo conocemos la variedad de sus intereses, donde se mezclan ciencia y pseudociencia, como muestra la siguiente escena: Resulta excéntrica la cita a la piramidología, teoría iniciada por el astrónomo Charles Piazzi Smyth (1819-1900) que postula la intervención sobrehumana en la construcción de la Gran Pirámide. Se argumenta tan fantástica conclusión con diversas relaciones entre sus dimensiones y los números π y φ (número de oro), interpretando que su presencia es la evidencia de un conocimiento superior al que tenían los egipcios de aquel tiempo (hacia 2.700 a.C.). No nos detendremos aquí en desmontar esa suposición. Baste decir que la simple utilización de la rueda como instrumento de medida conlleva la presencia del número π en las medidas piramidales y sus relaciones (ver artículo en PDF). Si bien dicho uso de la rueda no está acreditado por los egiptólogos, resulta una hipótesis bastante más plausible que una intervención alienígena. En cuanto al número de oro (no citado en la escena), sus relaciones con π permiten que una vez hallado este se logre encontrar aquel. Pero, además, en este caso se comete un doble error, que no es de doblaje y procede de la versión original, al decir: "es el único ejemplo arquitectónico de cuadratura del círculo; es decir, el área de la base es exactamente la de un círculo cuyo radio fuese la altura de la pirámide". Teniendo en cuenta el desgaste sufrido con el tiempo, se estiman estas medidas en la Gran Pirámide: lado de la base = 230,384 m (440 codos egipcios) y altura = 146,61 m (280 codos) De donde se obtienen: área de la base = 53.076,78 m2 área de un círculo con radio igual a la altura de la pirámide = 67.526,93 m2 Valores muy alejados entre si. Para que haya "casi coincidencia" se debe modificar el enunciado de esta forma: "el perímetro de la base es exactamente el de una circunferencia cuyo radio fuese la altura de la pirámide". Ambos valores son, respectivamente, 921,536 m y 921,177 m... casi iguales, pero no exactamente iguales, lo que supone una notable aproximación a la cuadratura de la circunferencia (no del círculo, pues hablamos de longitudes). El segundo error es suponer que, de algún modo, se haya conseguido la cuadratura del círculo. En 1882 Von Lindeman demostró que esta es imposible, algo que Theodore debería saber bien, dado el conocimiento matemático que a continuación acredita. Lo hace al comentar que, junto a dos investigadores con quienes mantiene correspondencia, está intentando demostrar la Conjetura de Goldbach: "todo número par mayor que 2 se puede expresar como suma de dos números primos" Esta célebre conjetura también se cita en la escena inicial de La habitación de Fermat, pero en este caso al enunciado se le añade un comentario digno de destacar, cuando a la objeción: "Ciertamente es algo interesante, pero sin aplicación práctica", Theodore responde: "Cierto, por eso es tan bonito". Por último, hay que reseñar que, aunque no se hable de la distribución normal ni de la media del número de horas de vuelo transcurridas hasta la rotura de la cola del avión, implícitamente se están utilizando al contemplar ese número de 1.400 horas no como un pronóstico fijo sino como centro de un intervalo de riesgo, pues la alerta comienza unas horas antes y se mantiene hasta unas horas después. Es lo lógico, pero, en otro caso, no hubiera sido la primera vez que en el cine se interpreta ése parámetro estadístico como pronóstico exacto.
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(C)
José María Sorando Muzás
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